Está allí, alejada de las demás. Sus railes ya no recuerdan
lo que era que un tren pasara sobre ella como una apisonadora y la hiciese
sentir útil. No recuerdan las chispas de las ruedas sobre ella ni el calor que le infundía. Lleva años, e incluso parecen siglos, viendo trenes pasar. Todos
los días, a todas horas, durante todo el año. Los lleva viendo siempre pero
siempre desde lejos. Creo que si pudiese hablar, sus palabras se cargarían de
un férreo silencio que pesaría tanto que podría partirle los tobillos a cualquiera.
Bueno, en verdad creo que sí que habla, y solloza, chilla y ríe a veces, pero nadie puede
escucharla. El ruido de los demás trenes la han dejado aparentemente muda.

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