Te tuve enfrente, te escuchaba hablar. Te observaba hablar.
Y pensaba en tus labios. Les ponía sabor. Les ponía textura. Los mordía con mis
ojos. Pero me contenía.
Y te tuve enfrente, y veía tu cuello. Y yo era león y tú
gacela. Yo hambriento y tu cuello carne y agua. Pero me contenía.
Y te tuve enfrente, y veía tus manos. Las veía moverse y me
preguntaba por ellas, por cómo se movían de verdad. Por cómo de verdad se
disfrutaban al tacto. Pero me contenía.
Y te tuve enfrente, te veía de espaldas. Y te veía como un
lienzo por pintar. Pintar tu cuerpo con el mío. Trazar sobre ella todo mi
deseo. Rasgarlos de rojos intensos y dejarme el cuerpo en ello. Pero me
contenía.
Y te tuve enfrente, y se intuía tu virilidad. Y nadaba en saliva relamida. Mis manos se agitaban interiormente. Mi cuerpo se dinamizaba. Se
encendía. Establecía un lenguaje que se habla sin hablarlo. Lo hablaba con un
grito encerrado tras una cruz en los labios. Con la lengua ida. Con la mente ida.
Y con el cuerpo tenso, muy tenso. Pero me contenía.
Y ya no te tenía enfrente, no estabas, en teoría. Estaba contigo
en mi mente y con tu presencia en mis manos. Y entonces no me contenía. Me perdía. Hasta
empaparme con tu nombre.


