Hoy recuerdo tu habitación y la tengo al borde del tacto. Entrar
allí era viajar al recoveco de tu mente que sólo tenías reservado para ti.
Entrar allí era desnudarte y penetrar en las profundidades de tu mente tan inquieta.
Allí tus manos fluían por las mías, se entrelazaban y
tocaban las cuerdas de tu guitarra. Tu respiración sobre mis hombros. Tu risa
tosca.
Allí la música creaba el ambiente que sólo allí existía. Esa
música que ha quedado impregnada de tu esencia y tu memoria.
Allí fantaseábamos en tu cama. Tirados bocarriba como si
estuviésemos esperando un choque de constelaciones. Mientras, tus labios se desdoblaban
de esa ilusión de crío aún inocente. Allí comprendía el por qué tenías que ser
tú.
Allí mis cinco sentidos se encendían. Te desnudaba hasta la
saciedad de forma repetitiva y obsesiva. Hasta morir extasiado.
Hoy recuerdo tu habitación y me pierdo en la inmensa
felicidad que me daba abrir un capítulo en “nuestra” historia cada vez que
entraba allí.

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