Él estaba allí, no sabía ni desde cuándo ni el por qué. No era un sitio nuevo, ese paisaje rocoso ya era conocido. Ya sabía que es lo que tenía que hacer. Así que siguió los pasos de siempre: Se levantó con arena entre sus dedos, se puso en pie, cogió la maleta y cargó con las grandes rocas de su alrededor, metiéndolas en la maleta. Sus pequeñas manos cargaban con el gran peso de esas rocas, que le desgarraban los dedos y le dejaban magulladuras que pasarían a cicatrizar con los mares de sus ojos. Tras terminar, cerró la maleta con el baile que la debilidad le marcaba sobre sus manos y, como si el corazón le cosiera, la cerró entre sollozos. Cavó durante días y noches continuamente hasta llegar a los infiernos y empujó su lastre, perdiéndolo de vista. Y entonces, con el corazón en un puño, salió tambaleándose de ese sitio pensando que nunca volvería a pisar las pisadas que dejaba en la arena.
Ay, pobre. No era consciente de que la tierra tiende a moverse dejando grietas, tan profundas como para dejar a los infiernos soltar sus almas devolviendo a cada uno sus penas.
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