martes, 17 de agosto de 2010

La piel.


Con la curiosidad como único fundamento, aquel muchacho iba rebuscando entre aquel caos de orden ilógico de montañas de papel. Algo extrañado, se paró detenidamente a leer:

“La vida, bastante corta la mía, me ha hecho comprender varias cosas. Cosas que mucha gente no ha llegado a entender en sus largas vidas o que se niegan a entenderlo. Entre ellas la sabiduría de la piel:

La piel admite el tacto, la suavidad y la rugosidad. La piel conoce la temperatura, el contacto con el frío y el calor y su respuesta. La piel conoce la vergüenza, el miedo y el dolor. La piel conoce el ser herido, el poder de regenerarse y el de cicatrizar. Entiende de emociones, de nervios y de excitación. Conoce de colores: rojo, negro, blanco, morado… y de edades. La piel entiende del contacto de la lluvia contra ella, de dedos correteando sobre ella y de barba que pincha. Entiende de pasión, de besos, de mordiscos, de roces, de más piel sobre ella, de complicidad…

Y es cierto que la piel entiende de muchas cosas, yo diría que de la inmensa mayoría. Pero no de todas. Da igual cómo sea la piel: ya sea joven o adulta, tersa o flácida, más clara o más oscura. La piel NUNCA entenderá de sexos.”


El joven, algo aturdido, se giró tras sentir la respiración en su nuca de alguien. Al ver al dueño de tal escrito dijo:
- No lo entiendo, ¿cómo has llegado a saber esto?

A lo que éste contestó:
- Fácil. Apaga la luz.

2 comentarios:

Laura dijo...

Bruuuuutal, babe!
La piel no entiende de sexos, pero también es cierto, que eso le da igual.

RancidGin dijo...

buahhhh, me encanta tio